Con los que menos tienen

Gustavo López Padilla           

La mayoría de la población en el mundo y la de México no es la excepción, no cuenta con las oportunidades de educación y trabajo, de tal suerte que les permitan acceder a los niveles de bienestar, que corresponden por derecho natural y legal, a todos los seres humanos. Como consecuencia de lo anterior, la realidad de estos grandes grupos sociales los ubica en la marginación, en la cual la preocupación cotidiana mas importante, es resolver antes que nada, los problemas del hambre. Así las cosas, sus necesidades que tienen que ver con los lugares que habitan, pasan a un segundo término. Ocupan, bajo condiciones adversas, tanto en el campo, como en la periferia de la ciudades, sin servicios, los lugares menos favorables. Los gobiernos responsables han hecho poco por resolver, de fondo, su situación. Al no ser sujetos de crédito, las instituciones privadas no los toman en cuenta. Gremialmente los arquitectos han mostrado un limitado interés en el tema. Existen sin embargo, contadas pero importantes excepciones, personas u organizaciones no gubernamentales, que desde diferentes perspectivas han contribuido con propuestas para afrontar esta problemática.

En este orden de cosas, por mas de veinticinco años, Carlos González Lobo, reconocido profesor de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, ha asumido el compromiso de acercarse a estos grupos sociales, desarrollando y ejecutando proyectos, urbanos y arquitectónicos, tanto en México, como en algunos otros países de Europa y África. Se trata de otra arquitectura, con un carácter participativo, en donde lo importante, de inicio, es el acercamiento e identificación humana, cultural, afectiva, entre el arquitecto y la comunidad. Bajo la dirección del primero, pero en conjunto, se identifican las necesidades, en este caso desde luego, las limitaciones económicas, los temas de proyecto que pueden ser de vivienda o de edificaciones en las cuales se desarrolle la vida comunitaria, llegando hasta la calificación de  valores, símbolos, atmósferas y calidades del espacio que se requieren. El arquitecto propone alternativas de diseño urbano y arquitectónico, que la comunidad discute y ajusta, para su final aprobación conjunta, entre comunidad y arquitecto. Una vez que la comunidad recibe algunos apoyos económicos o los reúne con esfuerzos propios, asume la empresa de llevar a cabo los proyectos, lo cual implica la edificación  que ejecutan ellos mismos, mediante  jornadas comunitarias de trabajo.

Obras para damnificados del Río del Fuerte 1992. Barrio de las Crucesitas, Villa de Ahome, Sinaloa

González Lobo ha desarrollado una intensa actividad de investigación y experimentación estética y constructiva, buscando el máximo aprovechamiento de los materiales, facilidades constructivas, al menor costo posible, pero sin sacrificar las calidades del espacio, de tal manera que finalmente quienes los habiten, sientan placer y orgullo por los mismos. Ha estudiado geométrica y prácticamente cubiertas curvas de concreto, armadas con mallas metálicas, ligeras pero resistentes, que se elaboran a ras de suelo, para luego levantarse y ubicarse sobre los apoyos o muros respectivos. Los sistemas constructivos, sencillos, son fácilmente asimilados por los miembros de la comunidad, de tal manera que son capaces de repetirlos. Se trata de una arquitectura crecedera, que a la manera de los organismos vivos, se va desarrollando, completando y transformando en el tiempo. Los hallazgos estético constructivos del arquitecto, relacionados con las cubiertas y sus apoyos, le han permitido abatir los costos de construcción, hasta el punto de que sus propuestas pueden contar de origen con mayores alturas, que con el tiempo se pueden convertir, mediante tapancos, en áreas útiles adicionales. La participación de la gente en la definición de los proyectos y su construcción, hasta los detalles finales de la obra, personaliza los lugares, garantizando su apropiación, conservación y mejoramiento.

Como consecuencia de sus trabajos de diseño urbano, viviendas, edificios sociales e iglesias, Carlos González Lobo ha recibido el máximo reconocimiento posible, de viva voz de los integrantes de las comunidades a quienes ha asistido personalmente. Se trata de la arquitectura, entendida como servicio y compromiso, para con quienes menos tienen. La gente, como los tarahumaras, con quienes el arquitecto ha desarrollado proyectos,  cuenta con la capacidad y sensibilidad naturales para afrontar sus problemas. Requieren de alguien que los enseñe una vez, lo demás corre por su cuenta y los resultados pueden ser sorprendentes, como se aprecia en la calidad de los proyectos terminados. 

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