Las Obras del Bicentenario

Gustavo López Padilla

Los diferentes países en el mundo aprovechan las conmemoraciones de sus fechas históricas o buscan celebrar algún evento comercial, cultural o deportivo, como la oportunidad para mostrar su cultura y avances tecnológicos e impulsar al mismo tiempo su desarrollo urbano, arquitectónico, económico y social. Para la celebración de dichos eventos, los países se preparan con años de antelación e incluyen propuestas culturales de distinta naturaleza y dentro de sus propósitos, el mejoramiento de sectores importantes de sus principales ciudades, mediante la construcción de obras emblemáticas, que en ocasiones se han convertido en patrimonio para los propios países y en referencias para la cultura universal, la arquitectura y el urbanismo moderno, dada su originalidad, su calidad constructiva y la significación de las ideas que le dan sentido a las obras mismas. Evidentemente, terminadas las celebraciones en cuestión, las obras pasan a formar parte de la cotidianeidad social y de la personalidad de las propias ciudades donde se ubican.

Hablamos desde obras como el Palacio de Cristal, diseño de Joseph Paxton, construido en Londres en el año 1851, con motivo de una gran exposición comercial, el Gran Arco de la Fraternidad, levantado en París, en 1989, para conmemorar los festejos del Bicentenario de la Revolución Francesa, obra del arquitecto Otto Von Spreckelsen  o mas recientemente, algunas de las obras realizadas con motivo de la celebración de los juegos olímpicos en China, entre las que destaca el Estadio Nacional, obra del año 2008, de los arquitectos Jacques Herzog y Pierre De Meuron.

En México, para la celebración del centenario de la Revolución Mexicana, 1910 y el bicentenario de la Independencia Nacional, 1810,  faltó voluntad, ambición, tiempo de preparación y visión histórica para aprovechar la oportunidad de realizar obras de trascendencia para incentivar el propio desarrollo, enriquecer al mismo tiempo la cultura mexicana y contribuir al conjunto de la cultura universal.

Estela de Luz, César Pérez Becerril, Martín Gutiérrez Guzmán y Rául Peña Arias. Ilustración: Tania Tovar Torres

A lo largo y ancho del país se construyen actualmente obras de distinta naturaleza, que poco aportan a la seriedad y significación histórica del momento. Ahora desde cambiar el foco a una luminaria urbana, pavimentar una calle, desarrollar una zona habitacional o construir un hospital de zona, se consideran obras bicentenarias. Estas construcciones, que conceptualmente contienen un carácter ordinario, se edificarían de todas maneras, sin considerar el hecho histórico que ahora nos ocupa y al final de cuentas, su promoción como parte de las celebraciones, restan seriedad a la propia conmemoración.

Hasta el momento no existe una obra, un desarrollo urbano o una acción cultural, que esté generando verdaderamente grandes expectativas entre nuestra sociedad y que podamos vislumbrar como una aportación trascendente, que se pueda convertir para el futuro en una referencia sustancial, histórica,  para las generaciones venideras. Entre lo que ha despertado algún interés, podemos identificar la Estela de Luz, que se construye actualmente en el Paseo de la reforma, cerca del Bosque de Chapultepec, obra de César Pérez Becerril y que fue el resultado de un concurso nacional, con una participación significativa de arquitectos de distintas generaciones. Sin embargo esta obra por falta de responsabilidad y seria planeación, en todos sus sentidos, será inaugurada meses después, restándole emotividad.

En otro sentido, en términos arquitectónicos y urbanos, la circunstancia histórica, ofrecía la oportunidad, para que la sociedad en su conjunto y las diferentes instituciones culturales y gremiales, como las escuelas y facultades de arquitectura o los colegios de arquitectos, en los diferentes estados del país, hubieran convocado a serias reuniones, para desarrollar propuestas que pudieran contener ideas y significados trascendentes, vislumbrando lo que se podría imaginar para el futuro del país, documentando lo anterior como parte de un proyecto integral político, económico, social, cultural, arquitectónico y urbano. Desafortunadamente la sociedad mexicana se ha caracterizado por ir enfrentando los pendientes, los problemas inmediatos y poco se ha dedicado a imaginar las cosas que tienen que ver con el largo plazo.

No se trataba necesariamente de construir obras caras, faraónicas, pero si aquellas que pudieran realizarse responsablemente a tiempo y que contuvieran sustancia trascendente, que fueran recordadas a partir del valor de sus propuestas. En este sentido, al final del camino, los resultados hasta ahora de las obras bicentenarias es miserablemente pobre, generando desencanto y vacío emocional. Se ha dejado pasar, desperdiciando el gran momento histórico.  

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