Museo Soumaya

  Gustavo López Padilla

La aparición de un nuevo centro cultural que signifique el encuentro de la gente, las familias, los amigos, con las expresiones más elevadas del arte y el espíritu, siempre será motivo de celebración. El pasado 29 de marzo del 2011, fueron abiertas al público las puertas de una nueva sede del Museo Soumaya, que aloja la colección Carlos Slim. El museo forma parte del conjunto Plaza Carso, que ocupa una amplia cabecera de manzana, delimitada por Lago Zurich, Miguel de Cervantes Saavedra y Presa Falcón, en la Delegación Miguel Hidalgo, al norponiente de la ciudad de México.

En los últimos años, la zona donde se ubica el conjunto, ha sufrido una sensible transformación urbana, dando alojamiento a importantes centros comerciales y edificios  de vivienda y oficinas, con altos índices de densidad construida. El aforo vehicular se ha incrementado notablemente y una vez que hayan sido terminados y ocupados todos los edificios que se construyen y ofrecen el los alrededores, este mismo aforo  aumentará drásticamente. Dentro del conjunto Plaza Carso, que cuenta también con edificios altos, el Museo Soumaya ocupa estratégicamente la esquina surponiente, Presa Falcón y Miguel de Cervantes, dramatizando su presencia formalmente, misma que lo convertirá en breve, en  referencia urbana para los lugareños y visitantes de esa zona de la ciudad capital. 

En términos conceptuales, compositivos, urbanos y arquitectónicos, los edificios que constituyen Plaza Carso, representan una propuesta bastante limitada, esquemática y pobre, sobre todo en lo que se refiere a la disposición de conjunto de los edificios que acompañan al museo, que fueron concebidos a partir de criterios en los que importa fundamentalmente su máximo rendimiento comercial. Cajas altas, de planta libre, con pieles de cristal de piso a techo, semejantes en sus cuatro orientaciones a manera de fachadas insípidas, con solución de detalles absolutamente convencionales. Construcción del siglo XXI, realizada a imagen de los edificios comerciales de los años cincuenta del siglo pasado. El espacio libre resultante entre edificios es mínimo, con diseños fríos y esquemáticos. 

El edificio del museo, diseñado por Fernando Romero, que cuenta con 17,000.00 m2 cuadrados de construcción, de los cuales 6000.00 m2 están destinados a las áreas de exhibición, en 6 niveles,  está resuelto a partir de criterios formalistas orgánicos, resultando exteriormente una forma expresiva, curvilínea, regordeta, un tanto falta de gracia. Complementan el programa: Auditorio, biblioteca, aula digital, área infantil, cafetería y zona de estacionamiento. Como detalle significativo en la composición del conjunto del museo, es notable la falta de jerarquía y presencia de la entrada principal. No corresponde con la fuerza de las escaleras que la preceden, ni con la masa y escala del volumen total del museo, al que sirve como acceso.

La naturaleza geométrica y formal del lenguaje empleado en la solución del Museo Soumaya, requiere de espacios amplios a su alrededor para potenciar los valores compositivos buscados. En este sentido, la relación volumétrico espacial, en los laterales y la  parte posterior del  museo respecto de las calles que lo limitan y los edificios que lo acompañan es muy estrecha. Se aprecia difícil lograr, en lo que resta de la terminación de los espacios exteriores a la obra, las áreas verdes que se muestran en las imágenes previas del proyecto, mas o menos amplias y continuas respecto de las superficies curvas que definen la base del edificio. En los laterales y la parte posterior, paredes verticales a manera de un basamento, le restan prestancia al volumen total. Actualmente se construye otro importante edificio, dentro de la misma plaza, en la esquina de Lago Zurich y Miguel de Cervantes. Es de esperarse que se hayan tomado las medidas pertinentes, para que la nueva construcción, no restrinja la perspectiva urbana y presencia del museo recientemente inaugurado.   

Ya en los interiores, la planta baja de acceso que vestibula y organiza la distribución del museo es interesante, resuelta en buena parte a doble altura, de medidas generosas, alojando con prestancia unas cuantas piezas de la colección, de las más significativas, como la escultura de el pensador de Auguste Rodin. La continuidad de la geometría orgánica, en paredes, escaleras y rampas, las calidades de luz y la escala del espacio, son atractivas y están adecuadamente resueltas en términos de diseño arquitectónico. Las salas intermedias son espacios eficientes, plantas libres apoyadas sobre elementos puntuales de columnas y el núcleo de servicios, contando con alturas razonables. El planteamiento de solución del museo, en términos de organización del espacio, se resuelve como una variación del museo Guggenheim, ubicado en Nueva York, diseñado por Frank Lloyd Wright en 1946. En estas mismas salas, las propuestas de diseño propiamente museográficas resultan esquemáticas y un tanto abrumadoras, dada la cantidad de piezas expuestas. Falta orden, jerarquía y variedad en la disposición y modalidades de exposición de las piezas, debiendo valorar los diferentes componentes de la propia colección. En estos niveles, en lo que se refiere a los objetos pictóricos, muestran una limitación expositiva, ya que las superficies inclinadas periféricas, de las paredes que definen el volumen general, requieren de soluciones especiales. Las propuestas actualmente son mamparas adicionales, anchas, separadas, pero cercanas a los planos inclinados de las paredes, lo que resulta en una saturación de estos componentes en la museografía, provocando que se acumule polvo o pudiera ser algo de basura entre ambas.

En la parte superior se dispone de una sala amplia, alta, constituida por una planta totalmente libre, sin apoyos intermedios, delimitada en la parte superior por la cubierta de azotea, resuelta mediante un atractivo, aunque algo pesado enjambre de componentes metálicos. Es el único espacio que recibe luz natural a lo largo de todo el recorrido del museo. Es otro espacio interesante, en el que sin embargo, faltó de nueva cuenta un adecuado, ordenado, jerárquico y cuidadoso diseño museográfico. Un numeroso y desigual grupo de esculturas ocupan el lugar.

Se antoja deseable que otras zonas del museo hubieran contado con algunas aberturas que permitieran la entrada de luz natural, para poder asomarse al exterior, darse un respiro y descansar brevemente. El recorrido total, continuo, en base a rampas un tanto pronunciadas en lo que se refiere a su pendiente, resulta cansado, sobretodo para las personas mayores. A la cafetería del museo, ubicada en la planta de acceso, en un  semisótano, también le hace falta luz natural y alguna zona jardinada para hacer mas atractivo el visitarla.

En los tiempos actuales, es usual que el diseño de nuevos museos, se enfrente tratando de lograr formas sugerentes, imágenes fácilmente asimilables, identificables, a manera de esculturas urbanas, que en su interior pueden alojar distintas expresiones del arte. El Soumaya transita por este camino. Pero mas allá de las valoraciones urbanas y arquitectónicas, será el tiempo y la aceptación del público, en base a la calidad de las obras expuestas, la rotación y organización de nuevas y novedosas exposiciones, mas el complemento de otras actividades culturales, lo que finalmente terminará por otorgarle su valor en la historia y el adecuado reconocimiento social a una obra de esta naturaleza.

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