Recuerdos urbanos

Gustavo López Padilla

A la memoria de mi madre Julia.

 La calidad de las formas construidas, el orden y la atmósfera vivencial que se respira en los espacios urbanos, califican en buena medida las conductas de los habitantes de las ciudades. Lo anterior sucede y marca todas las etapas de la vida, pero sin duda durante la adolescencia y la juventud, las experiencias urbanas, buenas o malas, convertidas en imágenes,  van formando parte sustancial de la vida y los recuerdos, dejando huellas imborrables que perfilan las visiones de futuro. En principio, mis recuerdos urbanos  están relacionados con el norte de la ciudad de México, con el territorio definido de la colonia Guadalupe Tepeyac,  Delegación Gustavo A. Madero, en la que viví de 1953 hasta 1979. Haciendo uso de la metodología de reconocimiento urbano propuesta por Kevin Linch, ese territorio que data como zona urbanizada de los inicios de los años treinta, esta limitado como barrio identificable por los bordes hacia el poniente, por la Calzada de Guadalupe, hacia el oriente por lo que originalmente eran los paramentos cerrados de una pequeña zona industrial en la calle de Sara, al norte definido por lo que hasta el inicio de los años noventa fuera la fábrica armadora de automóviles Ford y al sur por otra zona industrial, igualmente con paramentos que dan frente  a la calle denominada Abel. El área de la colonia esta dividida a la mitad por una amplia avenida arbolada llamada Noé, que la cruza totalmente, dándole continuidad vehicular a esa zona de la ciudad.  Casi al centro del barrio, a manera de un nodo, existe un parque público, dividido en dos secciones semejantes por la avenida  Noé ya mencionada. Justo en una de las esquinas del parque se ubica la Parroquia de Corpus Christi, a manera de un hito significativo, referencia urbana, lugar de reunión constante de la comunidad por motivos religiosos, culturales o de simple convivencia.

Las manzanas que constituyen la colonia, rectangulares, privilegian la orientación oriente poniente de los predios, que oscilan entre 130.00 m2 y 180.00 m2 de superficie, contando básicamente con uno o dos niveles construidos, destinados mayoritariamente  a viviendas unifamiliares. Dos diagonales que parten de los extremos del conjunto, desde la calzada de Guadalupe, llegando al parque central, hacen más fluido y divertido el movimiento y trazo de la colonia. Las esquinas de las manzanas están suavizadas con un corte en diagonal, lo que se conoce como pancoupé, como sucede, guardando las distancias, en algunas ciudades europeas, como Barcelona, en España. A partir de lo anterior, el espacio de la intersección de las calles se amplía, permitiendo naturalmente la ubicación de algunos comercios como panadería, carnicería, verdulería, peluquería, mercería, tortillería  y la infaltable tienda de abarrotes, todos ellos lugares de obligada, cotidiana y cercana convivencia.  Dando frente a la casa donde vivía, en la calle de Otilia, se encuentra el centro deportivo Rosendo Arnaiz, que manejaba el entonces llamado INJUVE y muy cerca también, se ubica la estación de bomberos José Saavedra del Razo, evidentemente una de las delicias y mayores atracciones de todos los niños. Las escuelas primaria y secundaria, ubicadas en la colonia, originalmente dependían de la iglesia y las públicas se localizaban de origen en colonias aledañas. El barrio de escala entendible, constituye un espacio urbano ordenado, claro, identificable, que deja imágenes dignas en la memoria, a partir de construcciones de formas amables, suaves, sin mayores pretensiones de lujo y diseño, contando el barrio además, con espacios y servicios suficientes, que propician la vida colectiva.

 Recuerdo con agrado, que hasta el final de los años ochenta, el lugar mantuvo una vida sosegada, en el que se vivía de manera gozosa, sobre todo el espacio de las calles, en las cuales de vez en cuanto se veía transitar algunos automóviles. En ellas se jugaba todas las tardes y se platicaba en las esquinas, propiciando una intensa y segura vida comunitaria, igualmente de día que hasta entradas altas hora de la noche. Eran territorio vecinal, en las que más de la mitad de la vida de todos se llevaba a cabo. La cafetería de la colonia, ubicada estratégicamente en el parque central, era otro centro de convivencia. El conjunto de la colonia, era el hogar ampliado de todos los que vivíamos en ella. Las formas, las calidades construidas, los colores, las texturas, los olores, los ambientes vivenciales, todo lo existente, eran la sustancia misma de la cotidianeidad, de las conductas y la memoria, dentro de una gran familia colectiva, en la que las relaciones interpersonales, con sus altibajos naturales, eran mas o menos amables.

La vida moderna, el progreso dirían algunos, llegó a la mitad de los años noventa, con el aumento considerable del parque vehicular y la  aparición de un  centro comercial que se conoce como Plaza Tepeyac, ocupando la gran extensión territorial de lo que fuera la fábrica armadora de automóviles de la Ford Motor Company. Al impacto de lo anterior, la vida comunitaria se transformó. Sin un afán de nostalgia, es importante comentar que la situación actual en la colonia no es mejor que la anterior. Progreso no significó necesariamente mejoría urbana ni mejores calidades de habitabilidad. El centro comercial ha provocado desorden urbano, que se muestra con la aparición caótica de comercios en las construcciones vecinas, muchos de ellos de comida, algunos extendiendo sus servicios hasta las banquetas, mostrando poca gracia en cuanto a los resultados de imagen urbana. Se suma a lo anterior la aparición de comercio ambulante, con el deterioro consecuente, la proliferación de basura, malos olores y fauna nociva. Las calles que fueran paraíso de la vida comunitaria son ahora territorio de los autos, para estacionarse o circulando constantemente. Un buen número de  casas, muestran ahora un deterioro visible, que da cuenta de las dificultades económicas por las que ha atravesado el país y que persisten hasta ahora, golpeando sobre todo a la clase media. El centro comercial es una  muestra  de la explotación abusiva del uso del suelo, la limitada aplicación de la ley en materia del orden urbano, sin conciencia social y la falta de planeación con visión de futuro. Su diseño de conjunto y arquitectónico es eficientista, esquemático, simple, anodino, con nula propuesta de diseño de exteriores. Dada la extensión territorial donde se ubica el centro comercial, bien podría haberse implementado un parque o una plaza pública, como contribución a la sociedad y a la ciudad, de tal manera que matizara su impacto urbano y seguramente sin menoscabo de su rendimiento financiero. Los estacionamientos al aire libre, áridas extensiones asfaltadas, resultan visualmente agresivos. Las ciudades como la vida, necesariamente son fenómenos cambiantes, que evolucionan, que se transforman, buscando naturalmente distintas formas vitales que debieran fortalecer y mejorar las condiciones previas, que las enriquezcan, pero la realidad de la colonia Guadalupe Tepeyac, hoy transformada, no es necesariamente mejor, comparativamente, en relación con sus preexistencias urbanas, arquitectónicas y paisajísticas. 

Al final de cuentas, es importante reconocer como patrimonio, el valor  del modelo de planteamiento urbano sobre el cual se originó la colonia Guadalupe Tepeyac, entender que las ciudades se hacen y rehacen en el tiempo, siendo deseable que la comunidad que la habita y las autoridades correspondientes, hagan un esfuerzo colectivo para imaginar y poner en práctica acciones que tiendan a mejorar sus condiciones de habitabilidad en un futuro cercano. Vale la pena aprovechar la infraestructura urbana instalada, proponiendo de manera clara y ordenada, en las avenidas principales incentivar un incremento mesurado de densidad urbana, con la implementación de diversos usos del suelo, pero siempre valorando el orden, la legalidad, las imágenes urbanas con continuidades volumétricas amables, bien diseñadas y sobre todo las calidades habitables de vida que pueden resultar. Para lograr lo anterior, desde luego, se deben  incluir como parte de un plan de desarrollo urbano, planteamientos, reglas claras y lógicas de uso del suelo, que incluyan soluciones de transporte público y movilidad vehicular, resolviendo de manera adecuada la problemática de estacionamiento. Como parte de lo anterior, no se deberían dejar de lado, los criterios de sustentabilidad, en lo que tiene que ver con la implementación de usos razonables del agua potable, las residuales, las de lluvia, energía solar, el manejo de la basura y el mejoramiento de las zonas verdes. Progreso no puede ser igual a deterioro, lo anterior resulta contradictorio; debe significar necesariamente, en base a  voluntad política y colectiva,  educación, sensibilidad, sentido común y cultura, contar en el tiempo con mejores condiciones de vida comunitaria, aprovechando las oportunidades que ofrece la ciencia,  las tecnologías modernas y el conocimiento de otras ciudades en el mundo que han logrado conciliar exitosamente modernidad con calidad urbana. La comunidad en su conjunto es responsable de que así suceda, volviendo a insistir en el hecho de que las calidades del espacio habitable, privado o colectivo, generan conductas y así las cosas necesitamos procurar las mejores, para incentivar que las capacidades, cualidades y acciones positivas de los habitantes de las ciudades, sean las que se expresen en la cotidianeidad del día con día.

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