Centro Cultural Vladimir Kaspé

Gustavo López Padilla

Acercarse al conocimiento de la historia es una experiencia que va más allá de la memorización de fechas, datos, autores y el archivo ordenado de imágenes que corresponden con un tiempo determinado. La historia, entendida más como la comprensión integral de las experiencias de la vida, en las que confluyen diversas maneras de entender el pensamiento filosófico, el avance de la ciencia, diferentes formas de practicar la economía, las relaciones sociales, el ejercicio de la política y las múltiples expresiones de la cultura, se convierte en el punto de apoyo esencial, para visualizar y aventurar distintas interpretaciones que de manera natural evolucionen las experiencias vitales previas. La arquitectura, entendida como la expresión construida de los valores de la vida, evidentemente no escapa a las consideraciones anteriores. Así las cosas, tanto en la historia como en la arquitectura, lo importante radica en la valoración de la evolución de las ideas, que se traducen concretamente en particulares maneras de vida. 

A partir de las consideraciones anteriores, es posible entender de mejor manera, la experiencia que significó en el año 2006, para los arquitectos Jorge Hernández de la Garza (1977), Gerardo Broissin (1975) y Gabriel Covarrubias González, el diseño del Centro Cultural Vladimir Kaspé, ubicado dentro de las instalaciones de la Universidad Lasalle, campus ciudad de México, en la calle Gral. Benjamín Hill, en los límites al sur de la colonia Condesa. Es evidente que la atmósfera, las ideas y calidades espaciales de los proyectos del arquitecto Kaspé, (1910-1996) en una reinterpretación contemporánea, están presentes en la conceptualización  y realización del reciente Centro Cultural. Conocer y analizar obras del maestro, representante de las ideas del funcionalismo, como el Liceo Franco Mexicano, de 1950-1958, ubicado en Polanco en la ciudad de México o el Centro Deportivo Israelita,  de 1955-1958, ubicado en Lomas de Sotelo, ciudad de México, les dotaron a los jóvenes arquitectos, en buena medida, de las herramientas proyectuales para realizar su proyecto, valorando la vigencia del movimiento moderno funcionalista, intentando dar el paso siguiente, entre la arquitectura de mediados del siglo XX y su obra que representa a las nuevas generaciones de arquitectos mexicanos, al inicio del siglo XXI, formando parte ahora, de lo que podemos considerar como una variante minimalista.

El emplazamiento del Centro Cultural Vladimir Kaspé, dentro de las instalaciones preexistentes de la Universidad Lasalle, respetó el orden compositivo previo, el rango de alturas y la densidad construida dominante. El nuevo edificio terminó por conformar un patio, ocupando el lado oriente de un cuadrángulo que es utilizado para realizar actividades deportivas. Al Centro Cultural, sin embargo, le afectan algunas limitaciones, espacialmente hablando, faltándole un poco de aire, en su cabecera norte, por su cercanía con el volumen preexistente y dada su proximidad con el espacio abierto de la zona deportiva mencionada,  provoca algunos roces operativos con esta última, siendo necesario proteger el nuevo edificio con altas redes, para evitar el impacto de los balones que utilizan los alumnos en sus actividades deportivas, restándole cierta calidad de presencia a la nueva obra. Esta última cuenta con tres niveles, comenzando por un sótano, donde se ubican un salón con servicios de cómputo y un discreto auditorio. La planta baja, libre, porticada, recuerda las propuestas lecorbusianas, sumándose a lo anterior, la utilización de rampas peatonales, para acceder tanto al sótano, como al primer nivel, lo que permite recorrer y visualizar el conjunto total, en base a secuencias, en las cuales es posible apreciar los cambios de luz, escala, uso, variedad de detalles y presencias volumétricas. Se cuenta además, en la cabecera sur del conjunto, con un núcleo eficiente de articulaciones verticales y servicios. En el primer nivel, con un criterio semejante de planta libre, con apoyos puntuales de columnas y fachada libre, se ubican la sala que resguarda el acervo donado  por el arquitecto Vladimir Kaspé, la sala de exposiciones y una pequeña terraza cubierta. La azotea contemplada como espacio útil, recuerda las atmósferas de las cubiertas de los barcos y de nueva cuenta las ideas lecorbusianas, de considerar las azoteas como lugares útiles y diseñadas con la calidad de una quinta fachada.

En la propuesta de proyecto son evidentes un claro orden compositivo, el empleo de formas geométricas simples, regulares, tendientes a la abstracción, racionalidad constructiva, búsqueda de ligereza y transparencia; todos ellos criterios cercanos a las ideas funcionalistas y sus variantes minimalistas. Se suma a lo anterior, el empleo predominante del color blanco y otros más neutros y la combinación de texturas que tienden hacia las superficies tersas. En lo que se consideraría como la parte posterior del Centro Cultural, hacia el oriente,  se resolvió el proyecto en base a una fachada mas cerrada, constituida por discretos juegos volumétricos, delimitando un angosto patio arbolado, que se llegó a plantear en un inicio, como un posible acceso a esta sección de la Universidad. Finalmente opera tan solo como lugar de convivencia y su calidad resultante, entre mesas de trabajo al aire libre y claroscuros de follaje, es muy agradable. Para que el edificio cuente con la presencia esperada y muestre la fuerza y lógica de sus espacios, requiere de la Universidad Lasalle, un programa acertado y continuo de exposiciones, tanto interiores, como al aire libre, porque de otra manera, poco ocupado, da la impresión de que existe un serio desequilibrio, entre sus espacios propiamente útiles y aquellos que parecen residuales o perdidos. En otro orden de cosas, valorando el espacio propiamente de exposiciones, al estar limitado hacia el poniente,  una de sus paredes mas aprovechables, con cristal esmerilado de piso a techo, muestra algunas restricciones en lo que tiene que ver con sus posibilidades museográficas, sumándose a lo anterior, la necesidad de contar con un mayor control, en lo que tiene que ver con la incidencia directa del sol. 

Al final de cuentas, en términos generales, el Centro Cultural Vladimir Kaspé es una buena obra, bien ejecutada, de grata presencia, pero a la que el emplazamiento donde se ubica no le ayuda del todo. Es importante recalcar además, la importancia de que las jóvenes generaciones de arquitectos se acerquen y valoren críticamente las obras  de los maestros que los antecedieron, considerándolas como un punto de arranque para imaginar nuevas alternativas proyectuales, que signifiquen ahora, distintos derroteros para la arquitectura mexicana. Aceptar el reto de explorar nuevos caminos, comenzando a partir de las experiencias previas. Vale la pena también reconocer el valor de los promotores de esta obra, en el sentido de considerar realizarla, como un homenaje a la trayectoria, trascendencia  y personalidad de un gran arquitecto como lo fue Vladimir Kaspé, a quién hay que seguir estudiando y disfrutando los edificios y espacios que nos dejó como legado.

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