Seis museos contemporáneos en la ciudad de México

Gustavo López Padilla

Conservar y exhibir las experiencias de la cultura es una oportunidad que ha permitido a la arquitectura mexicana, mostrar los valores, intereses, capacidades creativas e ideas proyectuales de los autores nacionales, ejecutando proyectos en los cuales se puede percibir con claridad la aplicación de los principios del movimiento moderno, al mismo tiempo que en algunos casos se han reinterpretado conceptos, calidades del espacio, atmósferas vivenciales y formas geométricas relacionadas con distintas expresiones de la variada y rica cultura nacional, teniendo que ver en lo particular, con los períodos prehispánico y colonial. Hablando de los que se ubican en la ciudad de México, por su significación, jerarquía y representación nacional, estos proyectos de museos se han localizado en zonas de estratégica ubicación y calidad urbana, procurando que estos edificios destaquen su presencia, habiéndose convertido muy pronto en patrimonios construidos, en hitos esenciales que contribuyen a conformar el rostro reconocible de la ciudad, al mismo tiempo que operan como referencias para el desenvolvimiento de la actividad social cotidiana.

La ciudad de México es una de las mas importantes en el mundo dada la cantidad y calidad de los museos que aquí se ubican, poco mas de 140 según datos proporcionados por CONACULTA, tomando en cuenta además el valor de sus contenidos culturales y la calidad proyectual de las obras arquitectónicas. Me referiré con algunos comentarios generales en esta oportunidad a seis de ellos que me parecen significativos: El Museo Casas de Diego Rivera y Frida Kahlo, diseñado por Juan O´Gorman, el Museo El Eco de Mathías Goeritz, el Museo Nacional de Antropología de Pedro Ramírez Vázquez, Jorge Campuzano y Rafael Mijares, el Museo de Arte Carrillo Gil diseñado por Augusto H. Álvarez y Enrique Carral Icaza, el Museo Tamayo de Arte Contemporáneo de Teodoro González de León y Abraham Zabludovsky y el Museo Universitario de Arte Contemporáneo de Teodoro González de León.

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El Museo Casas Diego Rivera y Frida Kahlo situado al sur de la ciudad de México, en la esquina Diego Rivera con Altavista, en el barrio de San Ángel, Delegación Álvaro Obregón, fue concebido en su origen como las casas estudio para los célebres pintores y en ellas Juan O´Gorman experimentó en el año de 1932, los principios de la arquitectura racionalista, con claras referencias a la obra de Lecorbusier, llevando la propuesta hasta condiciones radicales, expresionistas, en lo que tiene que ver con la diversidad de espacios, sus secuencias, escalas, relaciones entre lo propiamente interior y su entorno exterior, a lo que se suman el manejo y presencia estructural de los materiales en su condición aparente y en el mismo sentido lo que se refiere a la funcionalidad e imagen de una buena parte de los componentes de las instalaciones hidráulicas, sanitarias y eléctricas respectivas, llevando lo anterior en una buena cantidad de detalles, hasta situaciones límite, en lo que tiene que ver con sus recorridos, apariencia y funcionalidad. Complementan la propuesta proyectual algunos detalles, manejo de colores y atmósferas vivenciales, claramente referidas a la cultura popular nacional. El resultado del proyecto tomando en cuenta su sincretismo conceptual, compositivo y formal, se ha traducido en una contribución particular y valiosa de Juan O´Gorman a las arquitecturas mexicana y universal. Estas casas operan hoy en día como museo, dando cuenta de la cotidianeidad de la vida de sus antiguos moradores, celebrándose eventos culturales afines a la propia personalidad y época de los mismos.

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Mathías Goeritz, de origen alemán, desarrolló buena parte de su actividad como artista plástico en México a partir del año 1949, en el cual fue invitado a nuestro país por el arquitecto tapatío Ignacio Díaz Morales. Aceptando como residencia permanente nuestro país, mas adelante trabaría amistad con Luís Barragán, desarrollando en equipo una serie de trabajos que por su trascendencia se han convertido en referentes de la cultura y la arquitectura, tanto a nivel nacional como internacional. Goeritz además de su variada actividad como artista plástico, en lo particular tuvo puntuales acercamientos con la arquitectura, siendo desde luego el proyecto del Museo el Eco, del año 1953, su experiencia mas importante. El museo se ubica en la calle de Sullivan, en la colonia San Rafael, en la Delegación Cuauhtémoc y en el mismo el autor experimentó con lo que él denominaba la arquitectura emocional, en la cual la idea central era propiciar distintas sensaciones a partir del contraste percibido en los recorridos de las distintas secuencias espaciales de la obra, implicando sus calidades formales, de luz y penumbra, escalas, jerarquías, colores y texturas. Contrastes además entre lo cerrado y lo abierto, el interior y el exterior, entre la masividad del muro y la presencia puntual de ventanas o entre la continuidad de los espacios y la compartimentación definida de algunos de ellos, destinados para un uso en específico. Son interesantes en este proyecto los recorridos y presencias de la escalera de acceso, la sala principal de exhibiciones y su ampliación espacial hacia el generoso patio descubierto donde una estela de contundente presencia y la serpiente metálica que ahí se alojaba cautivaban y cautivan al visitante. Muros altos y macizos, a manera de planos inclinados, direccionan y fuerzan recorridos y perspectivas, como un notable adelanto de lo que en los años ochenta se identificaría como parte del lenguaje de la arquitectura deconstructivista.

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En el período presidencial de Adolfo López Mateos (1958-1964) el impulso a la educación y la cultura en México recibió una particular atención, siendo significativa la edificación de Museo Nacional de Antropología del año 1964, situado en las inmediaciones de la primera sección del Bosque de Chapultepec, colindando con el Paseo de la Reforma y la Calzada Gandhi, en la colonia Polanco, Delegación Miguel Hidalgo. Para este proyecto Pedro Ramírez Vázquez, Jorge Campuzano y Rafael Mijares exploraron las posibilidades asociadas a los criterios de la arquitectura racionalista, que por esos años mostraba sus mejores cualidades y logros proyectuales de la mano de autores como Mies van der Rohe, Lecorbusier, Gropius, SOM, Kevin Roche y otros más, al mismo tiempo que reinterpretaban de manera brillante y contemporánea, órdenes compositivos, formales y vivenciales asociados a la arquitectura prehispánica. El proyecto de formas geométricas simples, regulares, rigurosamente ordenado por un eje longitudinal de composición, muestra su presencia monumental, de acuerdo a su jerarquía cargada de significados, identificándose claramente sus componentes programáticos que van desde una gran plaza que recibe a los visitantes, vestíbulo de acceso y sus servicios necesarios, de proporciones generosas, para acceder acto seguido a un gran patio central, también monumental, calificado por un espléndido cuerpo de agua y una cubierta a manera de paraguas, que permite una distribución libre a las distintas salas y estancia en el propio sitio, recordando los espléndidos espacios abiertos que caracterizan a la arquitectura prehispánica. Las salas propiamente de exposición, de espacios fluidos, amplios, a veces de dobles alturas, permiten flexibilidad expositiva y recorrer cada lugar de manera aleatoria, pudiendo salir a los jardines que colindan con el bosque o volver al patio central del museo, propiciando rutas libres de recorridos. Detalles compositivos en muros, rejas, celosías y otros más, muestran finas reinterpretaciones formales, contemporáneas, claramente identificadas con culturas particulares prehispánicas. Estamos ante una arquitectura absolutamente moderna, en concordancia con lo que sucedía en el mundo en los años sesenta, al mismo tiempo profundamente enraizada en la rica, variada y trascendente cultura nacional prehispánica. Se trata de una importante experiencia, contribución de México para el mundo, que debe servir de ejemplo para futuras reinterpretaciones, de acuerdo a las particulares circunstancias, en la actualidad diversa de la arquitectura mexicana.

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El Museo de Arte Carrillo Gil, ubicado en la esquina de Ave. Revolución y Altavista, en la colonia San Ángel, en la Delegación Álvaro Obregón, fue concebido original y fundamentalmente para alojar y exhibir la colección de obras de José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, perteneciente al Dr. Alvar Carrillo Gil y su esposa Carmen Tejero de Carrillo Gil. El proyecto de museo les fue encomendado en el año de 1958 a los arquitectos Augusto H. Álvarez y Enrique Carral, siendo concluido hasta el año de 1974. En los años ochenta se implementó una remodelación al mismo, por parte del arquitecto Augusto H. Álvarez hijo, mostrando la presencia del recinto como se aprecia en los días actuales. El proyecto deja ver abiertamente en su conceptualización formal y operación, claras referencias a la arquitectura funcionalista, caracterizándose por contar con formas geométricas simples y al centro, en el corazón mismo del volumen general dominante, con unas espléndidas rampas, de recuerdos lecorbusianos, que articulan los tres niveles con los que cuenta el museo, permitiendo además en el recorrido, obtener una primera impresión de los contenidos ubicados en las diferentes salas. La luz natural regulada, baña desde la azotea, las rampas mencionadas y apenas califica los lugares de exposición, acompañando lo anterior tan solo una abertura o ventana en fachada, que abre el espacio museístico, en un remanso de recorridos hacia la calle de Altavista. Predominan el espacio libre y los muros limpios, ciegos, condición ideal para el uso de museo. El orden riguroso de la composición, modulado, alude a la arquitectura de Mies Van der Rohe y el resultado formal de su última remodelación al Museo Whitney, de Marcel Breuer del año 1966, ubicado en la ciudad de Nueva York. Las dimensiones del conjunto total del museo, su escala y condiciones en las salas resultantes, hacen del mismo un lugar funcional, amable, que invita a ser recorrido, aunque con algunas limitaciones expositivas, dada la altura de las salas mencionadas.

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Formando parte del amplio repertorio de oportunidades culturales y museísticas que se ubican en la primera sección del Bosque de Chapultepec, en el año de 1981 se inauguró el Museo Tamayo de Arte Contemporáneo, concebido para investigar, coleccionar, difundir y presentar lo mas destacado del arte contemporáneo internacional, incluyendo el nacional y desde luego para mostrar la colección de las obras del propio Rufino Tamayo. El proyecto en cuestión les fue encomendado a los arquitectos Teodoro González de León y Abraham Zabludovsky. Este museo se ubica casi enfrente del Museo de Arte Moderno y cercano al de Antropología. Dada la polémica de su ubicación que causó controversias en su momento, el proyecto fue conceptualizado, tratando que su presencia se mimetizara lo mas posible con su entorno paisajístico. Para el efecto se buscó una forma escalonada, lo que alude a la distancia a las obras piramidales de la arquitectura prehispánica. Para contribuir a la discrecionalidad de la volumetría general del proyecto, una buena parte de los lugares útiles del museo, se disponen en niveles a manera de semisótanos, contando con una iluminación cenital indirecta y adecuada. Existen en esta obra constantes formales y plásticas asociadas al movimiento moderno racionalista, lecorbusiano, pero con las interpretaciones particulares, claramente definidas, experimentadas en la particularidad de las obras de González de León y Zabludovsky, como son el uso del concreto martelinado, la disposición de franjas horizontales que definen volúmenes y tiempos de colado del concreto, la jerarquización y secuencia de los espacios que van desde la identificación del espacio abierto, público, en este caso el bosque mismo, pasando luego por un marco monumental y plaza como espacio semipúblico, a través de los cuales se accede al recinto, para llegar finalmente a los espacios propiamente privados, los expositivos. Es interesante al interior del museo la facilidad de acceso a las distintas salas de exhibición a partir del vestíbulo y el espacio central de distribución, la diversidad de salas con sus propias calidades de escala, regulaciones de luz natural, relación dosificada con el entorno del bosque y la continuidad visual y física de los espacios que permite recorrer un lugar en específico y atisbar otros cercanos. La presencia de rampas que propician parte de la continuidad espacial mencionada, además de su comodidad y funcionalidad, aluden inevitablemente a la arquitectura lecorbusiana, de la cual los arquitectos reciben claras influencias, pero con la particularidad de buscar sus propias interpretaciones. Se trata de una arquitectura moderna, universal, pero con alusiones a la arquitectura prehispánica, nacional, como son los mencionados escalonamientos volumétricos y el uso de escaleras con carácter monumental, a lo que se suma la experimentación moderna del patio, referido a la distancia a las experiencias conventuales de la época colonial. Como comentario final me parece que la ampliación reciente al museo, si bien contribuye a un mejor funcionamiento del mismo y a la diversificación de sus posibilidades y ofertas museísticas, desvirtúa y hace que pierda claridad y fuerza la propuesta volumétrica original y su intención de presencia mesurada en relación con su entorno.

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El Centro Cultural Universitario perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México, ubicado al sur de su campus original construido entre 1948 y 1956, en las inmediaciones de su reserva natural, se ha convertido desde la construcción de sus primeros edificios en la mitad de los años 70, en un gran centro de investigación, promoción y difusión de la cultura, que incluye desde la Biblioteca Nacional, pasando por teatros, cines, lugares para la práctica de la danza, así como salas excepcionales para escuchar música en sus diferentes manifestaciones. Es en el año 2008 cuando se inaugura en esa misma zona, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, obra que complementa la diversa actividad cultural, desarrollada en cumplimiento de los compromisos asumidos por la UNAM en ese mismo sentido. El proyecto le fue encomendado al arquitecto Teodoro González de León y en esta oportunidad el arquitecto planteó un emplazamiento de tal manera ubicado, que contribuye desde el punto de vista espacial a consolidar las actividades del conjunto del Centro Cultural. Dando frente a la calle del circuito vehicular que opera como acceso principal al Centro Cultural, González de León dispuso una plaza amplia, generosa, que permite el acceso al museo, pero que al mismo tiempo sirve de conducto, direccionando el recorrido de los visitantes para rematar y acceder a otra plaza, de menor escala, que termina de conformarse espacialmente por la propia volumetría del museo, funcionando esta segunda plaza como lugar de convivencia y distribución hacia los edificios de la sala de música, los que alojan los teatros, cines, salas de danza y una librería, complementando lo anterior una cafetería que cuenta con una porción de servicio a cielo abierto, enriqueciendo la vida de la plaza antes mencionada. El conjunto del MUAC está ordenado compositivamente retomando conceptualmente la idea de una pequeña porción de ciudad, con calles que articulan, definen y direccionan, los distintos componentes programáticos del mismo. Después de la plaza que cuenta con un importante espejo de agua, se cruza el umbral de acceso al museo y se encuentra inmediatamente con la circulación o calle principal -iluminada naturalmente mediante una pérgola cubierta con cristal- que a manera de un eje compositivo, define las dos zonas fundamentales del museo, que son las salas propiamente de exposición en un extremo y los servicios complementarios en el otro. Aprovechando los desniveles naturales preexistentes en el lugar, el proyecto se ajusta con naturalidad a los mismos. Las salas de exposición de diferentes escalas y dimensiones, se organizan a partir de otras calles o circulaciones secundarias, con cubiertas ciegas, permitiendo el acceso de manera independiente a cada una de ellas, sin tener que cruzar necesariamente por una sala previa. En el recorrido de estas calles se encuentran amplios ventanales que comunican a patios, a manera de plazas urbanas que invitan a ser visitadas, para descansar, convivir o comentar los contenidos expositivos. La atmósfera de estas calles o circulaciones, dadas su escala y calidades lumínicas, recuerdan también, a la distancia, recorridos de carácter conventual. Se trata al final de cuentas de una organización y disposición de espacios con un carácter funcional, eficiente, que permite distintas modalidades de exposiciones, dada la diversidad de salas, con tamaños y alturas diferentes, representando el museo un reto importante para la UNAM, para mantenerlo con exposiciones continuas y atractivas, que hagan viable y eficiente su funcionamiento en el curso del tiempo.

El conjunto de las obras comentadas representa la trayectoria de poco mas de setenta años de experiencias proyectuales en la arquitectura mexicana contemporánea, mostrando las contribuciones, creatividad y seriedad profesionales de los autores implicados, tanto en lo que tiene que ver con los planteamientos de proyecto, como en lo relativo a sus realizaciones constructivas, dejando ver la evolución de las ideas propias del movimiento moderno, particularmente racionalista y lo que tiene que ver con el desarrollo y manejo de los distintos materiales y procedimientos constructivos, vinculados al desarrollo industrial moderno, sumando a lo anterior interpretaciones de la arquitectura, desde las visiones propias de la cultura mexicana.

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