El mítico Campos Elíseos 432

Gustavo López Padilla

Los grandes personajes son reconocidos por sus pensamientos, por sus obras y acciones que nos dejan como herencia fructífera, como contribuciones a la evolución social y cultural. Al paso del tiempo, autores y obras se convierten en referencias para las nuevas generaciones que buscan su propio sentido y lugar en la historia. Formando parte de lo anterior se vuelven significativos: el sitio donde realizaron sus trabajos, los lugares que frecuentaron y desde luego las gentes que los acompañaron a lo largo de su vida creativa. Para el caso de los arquitectos, el espacio donde imaginan y desarrollan sus obras, se vuelve representativo de su persona, del orden,  profundidad, calidad de ideas y pensamientos que califican a su obras. Así las cosas, recuerdo gratamente que a principios del año de 1968, iniciando mis estudios de arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México, a mi entrañable maestro Humberto Ricalde González (1941-2013) le pedí que me diera una oportunidad de trabajo y fue así que me invitó a formar parte del taller del Arquitecto Augusto H. Álvarez (1914-1995) con quién él mismo previamente ya colaboraba, luego entonces tuve la oportunidad de conocer, aprender y estar por cuatro años en el mítico taller de proyectos de Campos Elíseos 432, de la Colonia Polanco.

Durante el tiempo que trabajé en el taller del Arquitecto Álvarez, conocí a algunos de sus colaboradores que me brindaron su amistad y consejos, que fueron importantes para mi formación como persona y profesional. Recuerdo entre otros desde luego al Arq. Enrique Carral Icaza (1914-1976), distinguido, serio y profesional socio de aquellos años del Arq. Álvarez, quién con el tiempo descubrí que además de buen arquitecto, era un fanático del beisbol, particularmente interesado en lo que se conoce como la serie mundial. Naturalmente con quién tuve una relación cercana y enriquecedora fue con Humberto Ricalde, con quién platicaba de la vida y la arquitectura, ya sea en el propio taller o yendo a comer a los alrededores o a algunas cantinas famosas del centro de la ciudad, que eran lugares preferidos para las tertulias. Recuerdo intensamente las vivencias relacionadas con los sucesos del 68, que sacudieron social, política y culturalmente al mundo y a México, asistiendo juntos a algunas de las marchas mas significativas del movimiento. El Arq. Héctor Meza Pastor, quién era uno de los colaboradores más cercanos e importantes del Arq. Álvarez, nos deleitaba con pláticas amenas de todo cuanto sucedía, además de aprender de sus habilidades para resolver y desarrollar constructivamente los proyectos en los que estábamos involucrados y quién tiene además una mano privilegiada para dibujar los detalles constructivos arquitectónicos que se presentaban necesarios. La dedicación constante y cotidiana, ocupando un restirador junto a todos los que formábamos el taller, mas sus dibujos a mano sobre papel reticulado que realizaba  el Arq. Álvarez, en los que metodológicamente con finos plumones combinaba colores diversos  mostrando al mismo tiempo en un solo plano plantas, cortes, fachadas y algún detalle constructivo  fueron lecciones invaluables. Jorge Flores Villasana fue sin duda otro gran maestro, serio, profesional, preciso. Ahí conocí también a los arquitectos Juan Pablo Flores, Fernando Moreno, Luís Sánchez Renero, Marina Zárate, Víctor Bayardo,  Salvador Laborde y Francisco Pérez de Salazar entre otros.

El diseño del taller que existe todavía como tal, pero ocupado por otros arquitectos que lo usan actualmente, es consecuente con las líneas de pensamiento con las que Augusto H. Álvarez y Enrique Carral, conceptualizaban y desarrollaban sus proyectos, dentro de un funcionalismo abiertamente Miesiano. Formas geométricas simples, regulares, volúmenes claramente definidos, contundentes, resueltos con base en una estructura metálica aparente, ordenada modularmente, que trabaja en conjunto con algunos muros laterales de carga. Plantas libres y grandes ventanales en los que se dejan ver criterios de ligereza, transparencia, aprovechamiento de la luz natural, continuidades espaciales, relación clara y directa entre los espacios interiores y un patio interior cubierto, que opera como acceso peatonal, a lo que se suma un espléndido jardín lateral que se relaciona con la sala de juntas y un pequeño privado para recibir clientes.  Las fachadas hacia la calle, cerradas, buscando cierta privacidad, muestran un diestro manejo de proporciones, escala humana amable y algunos contrastes de materiales, colores y texturas. Atmósferas y ambientes que terminan siendo alentadores, sugerentes, propicios para las actividades creativas. En planta baja se ubican las áreas administrativas y las salas de juntas que se extienden hacia el jardín lateral mencionado. En planta alta, las zonas de trabajo se constituyen por dos talleres apenas separados por un discreto patio interior cubierto. En este ambiente los proyectos se resolvían asumiendo la certeza de que la arquitectura debía ser funcionalista, con todo lo que ello pudiera implicar. La crisis del funcionalismo que para esos años, 1968, era ya manifiesta en el mundo, sobretodo documentada con la aparición del libro Complejidad y Contradicción en Arquitectura, de Robert Venturi, 1966,  en México se volvería presente hasta finales de los años setenta. El mundo, México incluido, se transformaba cultural, política, social, económica y científicamente. Así las cosas en el taller de proyectos de Campos Elíseos, se acordaba previamente la medida modular adecuada para cada proyecto, pudiendo ser 91.5 por 91.5 cms ó 1.22 por 1.22 cms, (medidas industriales base, a partir  de las cuales se producen una buena cantidad de materiales para la construcción), para acto seguido  todo mundo dibujar la retícula correspondiente en los planos necesarios y disponer ordenada y rigurosamente así todos y cada uno de los componentes del proyecto en cuestión, según los lineamientos proyectuales imaginados con antelación  por el Arq. Augusto H. Álvarez. No había dudas, así se resolvían los proyectos, así debían ser, siguiendo criterios, formas, ordenamientos espaciales y detalles practicados por los maestros como Mies Van der Rohe (1886-1969), Phillip Johnson (1906-2005), Walter Gropius (1883-1969),  Skidmore Owings and Merryll ó Kevin Roche (1922) y John Dinkeloo. (1918-1981)

Las obras construidas representan valores, se cargan de significados, la calidad de sus espacios generan conductas. Campos elíseos 432 representaba la confianza en el trabajo, en el ejercicio de la razón, en el esfuerzo constante como posibilidad de progreso, en la utilización de la ciencia y la tecnología de manera ordenada, como oportunidad para solucionar requerimientos proyectuales. Estaba presente la idea de un taller de proyectos, con todo lo que lo anterior implica, dirigido por Augusto H. Álvarez y Enrique Carral,  formando equipo con diferentes generaciones de arquitectos y estudiantes, sumando el esfuerzo colectivo para desarrollar los trabajos de proyecto. Entendiendo además el taller profesional de diseño, como  espacio natural y necesario, donde se posibilita  la relación directa entre maestro y aprendiz, que brinda la oportunidad necesaria de complementar la enseñanza aprendizaje de nuevas generaciones. La atmósfera que imperaba en el lugar, que se constituía por sus espacios, materiales, muebles y personas, era una invitación propicia para el trabajo creativo.

Notas

Quiero agradecer a la Arq. Lourdes Cruz González Franco Directora del Archivo de Arquitectos Mexicanos de la Facultad de Arquitectura de la UNAM su valiosa colaboración en cuanto a información, para la elaboración de los presentes comentarios. Muy especialmente agradezco también en el mismo sentido a la Arq. María Eugenia Hernández Sánchez, representante del mismo archivo.

 Reconozco la colaboración del Arq. Augusto F. Álvarez.

 Los planos y fotografías que aparecen acompañando los presentes comentarios fueron proporcionados por el Arq. Augusto F. Álvarez  y por el Archivo de Arquitectos Mexicanos de la Facultad de Arquitectura de la UNAM a quién le fue encomendado el resguardo del archivo del Arq. Augusto H. Álvarez.

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