Lecciones urbanas, arquitectónicas y sociales de los sismos del 7 y 19 de septiembre del 2017.

Gustavo Lopez Padilla

En los pasados 7 y 19 de septiembre, sacudieron sendos sismos los estados de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Morelos, Puebla, el Estado de México y la Ciudad de México, impactando brutalmente su vida social, económica, política y urbana. Las repercusiones de esos sismos no se acaban de evaluar todavía cabalmente y la recuperación producto del impacto de los mismos ocupara tiempo, muchos recursos e implicará decisiones sociales, políticas, económicas, urbanas, arquitectónicas y tecnológicas, que habrá que plantear de manera racional, eficiente y serena, para que las acciones emprendidas resuelvan de la mejor manera posible, los problemas inmediatos y los de largo plazo, tratando que en el futuro, dado lo inevitable de nuevos sismos u otras catástrofes naturales, las podamos enfrentar en mejores condiciones y con muchos menores daños materiales y sobre todo de vidas humanas. Se trata de aprender las lecciones urbanas, arquitectónicas y sociales que estos sismos nos dejan y a partir de ellas replantear las visiones de nuestras ciudades en el futuro.

Es una realidad que mayoritariamente en nuestro país, vivimos en ciudades y que muchas de ellas están expuestas a catástrofes naturales y muy particularmente algunas a embates sísmicos. Es un hecho también que seguiremos viviendo en estas ciudades y que su población aumentará, de ser posible dentro de rangos que debiéramos poder controlar lógicamente. Los sismos han estado presentes siempre en nuestras ciudades y siempre acompañarán nuestras vidas urbanas. Luego entonces debemos entender y valorar como se han desarrollado nuestras ciudades, como las han impactado los sismos y aprender de nuestras dolorosas experiencias, para enfrentar, vislumbrar y plantear que es lo que deseamos y esperamos para el futuro de las mismas. Existe toda una experiencia acumulada a lo largo del tiempo, en donde hemos estudiado las repercusiones de muchos sismos, sobre todo pensando en lo acontecido a lo largo de los siglos XX y XXI, en los cuales el desarrollo de nuestras ciudades ha sido mas importante, extenso y significativo. Hablamos de sismos como los de 1957 y 1985, por recordar los previos más importantes y que han tenido mayores repercusiones en el conjunto de la vida en nuestras ciudades y ahora se suman los recientes del 2017. Hoy en día tenemos identificadas las calidades del suelo donde se desplantan nuestras ciudades y los posibles efectos sísmicos, que resultan si construimos sobre ellos de una determinada manera. Se dice por los expertos en la materia, que el sismo del 19 de septiembre del 2017, posee algunas características distintas a todos los sismos previos y luego entonces será necesario que los dedicados a la geología, mecánica de suelos y estructuras, lo puedan evaluar lo más certeramente posible e incorporar estos conocimientos a nuestras futuras experiencias en términos de desarrollo urbano y técnicas constructivas. Hay que identificar con mayor claridad todavía, las zonas mas vulnerables de nuestras ciudades, las de mayores recurrencias en cuanto a posibles daños, los distintos comportamientos de los diferentes tipos de suelos, para poder actuar constructivamente en consecuencia. Requerimos valorar serena, racional y científicamente todo lo dañado con estos nuevos sismos, para saber donde y con que características podemos construir y cuales zonas deberíamos evitar o limitar y orientar claramente que es lo que se puede edificar.

Necesitamos plantear como deberían de ser en el futuro nuestras ciudades, las que han sido afectadas por los sismos de septiembre, entendiendo las características particulares de cada una de ellas, valorando sus distintos patrimonios, históricos y recientes, económicos, sociales, culturales y construidos. Cada ciudad e inclusive cada zona, dentro de una misma ciudad, requiere de planteamientos particulares. Las densidades a construir y sus consecuentes alturas, ordenes espaciales, sistemas constructivos y materiales a emplear, deben responder a las condiciones y requerimientos de cada localidad. No es posible generalizar modelos urbanos y arquitectónicos, porque somos la suma de circunstancias y condiciones geográficas, sociales, económicas, culturales y tecnológicas diversas. Ahora bien, en el caso particular de la ciudad de México, es un hecho que tendremos que seguir construyendo verticalmente, ya no es posible ni recomendable crecer horizontalmente, luego entonces tenemos que valorar donde crecer y como, para que exista un desarrollo urbano razonable, económicamente viable, ordenado, seguro, con calidad habitable, aprovechando los recursos y condiciones disponibles y tratando de evitar los daños que un fenómeno sísmico puede traer consigo. Necesitamos entonces volver a pensar las mezclas de usos del suelo, sus densidades construidas, la disponibilidad, cantidad y calidad de espacios públicos que se necesitan como lugares de convivencia y esparcimiento, pero que además son necesarios como lugares de reunión seguros en caso de sismos y lo que tiene que ver con las infraestructuras, para preveer su adecuado funcionamiento y que sucede en casos de emergencia, como lo que ahora vivimos en relación a la disponibilidad de agua potable en importantes áreas de nuestra ciudad y resolver urbanísticamente zonas que tienen mala o limitada accesibilidad y transporte público, donde se crean problemas cotidianos y mayores en caso de contingencias. Después de estos eventos que hemos vivido, nuestras ciudades no serán, ni deben ser las mismas, pero hay que pensar y valorar, cómo las imaginamos a futuro, que es lo verdaderamente inevitable que habrá que destruir por riesgos estructurales y en otro sentido que se debe rescatar, como hacerlo, hasta que punto, aprovechando dentro de la medida de lo posible lo construido preexistente, sus materiales disponibles y saber que hacer nuevo, donde y como, respetando culturas, formas de vida, tradiciones sociales, urbanas y arquitectónicas, que responden en muchos casos a experiencias milenarias invaluables. Hay que reconocer con claridad que no hay recetas ni manuales generales para realizar lo anterior, se deben poner en practica el sentido común, la ciencia constructiva, la sensibilidad y creatividad de los actores de la reconstrucción de nuestras ciudades, valorando cuestiones sociales, económicas culturales, climáticas y patrimoniales. En paralelo a la reconstrucción de ciudades y pueblos, se deben impulsar de nueva cuenta las fuentes de trabajo naturales a cada localidad, pensando en un nuevo desarrollo integral de las comunidades.

En términos arquitectónicos es indispensable evaluar racionalmente que se destruyó y porqué sucedió, que está dañado ahora con los sismos y que estaba dañado previamente, identificando las edificaciones de muchos años de antigüedad y las nuevas, haciéndolo lo más científicamente posible, siendo necesario acercarse a planos, documentos, memorias constructivas o modelos que objetiven cada caso, entendiendo ordenes espaciales, planteamientos estructurales, sistemas constructivos y distintos usos de materiales, para estar seguros de lo que se debe hacer en el presente inmediato y en el futuro, pensando sobre todo en la seguridad y economía de las personas. Estos trabajos los deben hacer preferentemente conocedores profesionales en el tema. El que destruir y que dejar en pié para ser restaurado es algo delicado y con muchas implicaciones, que tienen que ver con valores patrimoniales, la economía de las ciudades y las personas, riesgos estructurales y la seguridad de quienes viven y transitan por los lugares en conflicto. Las decisiones de que hacer deben ser científicas, certeras, lógicas, razonables y en los tiempos que marquen la circunstancia y gravedad de cada caso. Hay que valorar los tipos y alturas de edificaciones, en particular aquellos que van entre dos y hasta siete u ocho pisos, pero sin descartar como modelos las alturas mayores, que en este caso casi no sufrieron importantes afectaciones. No podemos volver a dejar edificaciones sin valorar e intervenir de la manera que sea necesaria, para no lamentar nuevamente en el futuro, tragedias previsibles. Lo anterior implicará enormes esfuerzos de los usuarios directos de los inmuebles afectados, de la sociedad en general e incluyendo los distintos ordenes de gobierno, para lo cual habrá que implementar los mecanismos financieros necesarios mas eficientes.

Requerimos valorar el conjunto de las obras, las construidas con adobe, con barro, cemento o acero, estas últimas por cierto, poco afectadas en estos sismos. Las de muros de carga, las estructuradas con base en columnas, trabes y losas y también las mixtas, que son muy usuales en la ciudad de México. Los edificios de entre cuatro y siete niveles, muchos de las cuales tienen estructuras mixtas y que fueron dañados mayoritariamente en esta ocasión, que son necesarios para lograr una deseable densidad media de construcción, se seguirán levantando en la ciudad de México y en otras ciudades con carácter urbano al interior del país y siendo así debemos poner mayor atención en ellos, mejorar sus esquemas de uso y aprovechamiento del espacio, comportamientos estructurales, materiales y sistemas constructivos a emplear, porque, insistiendo, es casi inevitable que no se usen este tipo de edificaciones. Hay que volverlas mas seguras, eficientes y rentables. En otro sentido lo mismo sucede con el adobe en los pueblos y ciudades que tienen esta tradición. Hay que seguir construyendo con adobe, mejorando sus calidades, resistencias, combinaciones con otros materiales, comportamientos estructurales y seguridades sísmicas. Hay que construir con adobe, pero también con madera o con bambú, sin descartar para casos especiales y puntuales, otros materiales y sistemas constructivos, que puedan responder armónica y arquitectónicamente a la riqueza contextual y patrimonial de cada lugar. Los modelos espaciales urbanos y arquitectónicos de los pueblos, deben ser mayoritariamente los que tradicionalmente se han experimentado por mucho tiempo en cada localidad y que han demostrado ser eficientes. Estos modelos pueden ser mejorados, pero fundamentalmente deben ser respetados. La importación indiscriminada de modelos ajenos, traería muchos problemas y daños culturales, patrimoniales, de costumbres e incluso incongruencias de pertinencias climáticas y vivenciales, estas ultimas consideraciones muy importantes. Pero igual en este tema, vale la pena decir, que no existen necesariamente recetas universales y absolutas, se requiere criterio, sensibilidad y sentido común.

En términos sociales, las respuestas de solidaridad y ayuda a los damnificados, aunque desiguales, dependiendo de cada localidad afectada, fueron ejemplares. La presencia del estado mexicano y las fuerzas armadas, ya sean el ejército, la marina o la policía, también fue mucho mejor y mas pronta que en el sismo del 85. Se ha identificado con claridad el valor y presencia de los jóvenes en esta solidaridad, implicando a todos los grupos sociales. Esto nos muestra que la sociedad y los jóvenes necesitan causas nobles y pueden organizarse para conseguir resultados. Se ha hablado mucho de no desperdiciar y valorar este enorme potencial de que dispone el país, pensando en su desarrollo futuro. Fue muy importante y destacado el papel que ejercieron las universidades y colegios de ingenieros y arquitectos, mediante brigadas de maestros y jóvenes estudiantes, orientando a la población afectada, sobre el estado y seguridad de sus edificaciones. Sin que haya pasado la emergencia, los tiempos por correr tendrán una dinámica distinta. Se trata ahora de evaluar lo sucedido y pensar los mejores caminos a emprender en el presente y el futuro. Tendrán que participar muchos otros actores, pensando en que queremos para México, desde los puntos de vista político, social, económico, conrá necesario que los dedicados a laa,aectura.defuturo de como s como Mnos de futuro. Tendrmucho de no desperdiciar y valora este visiones de futuro de cómo queremos nuestras ciudades y su arquitectura. Habrá que reforzar además las políticas de prevención, que deben implicar nuevamente simulacros de como afrontar las contingencias, pero que deben incluir valoraciones periódicas de las estructuras de los edificios, entendidos estos últimos como entes construidos que envejecen y se fatigan después de los embates de cada sismo. Valoraciones que deben ser realizadas por expertos calificados, sumando a lo anterior, el contar con seguros distintos para las edificaciones, de responsabilidad civil y de daños, que puedan responder en estos casos de emergencias y finalmente habrá que mejorar desde luego nuestras sistemas de control de las nuevas edificaciones, evitando los descuidos y la corrupción, que ya se ha comprobado que hacen mucho daño en estas circunstancias.

Ejercidas con seriedad, rigor y honestidad profesionales, respetando normas y reglamentos vigentes, no hay duda de que la ingeniería y la arquitectura mexicanas, a partir de las experiencias proyectuales y sísmicas de muchos años, hoy en día son de las mejores, mas adelantadas y experimentadas del mundo, pensando en construcciones desplantadas en suelos poco consolidados y en el comportamiento dinámico de las estructuras. Esta nueva experiencia dolorosa, seguramente enriquecerá y mejorará el conocimiento científico de los ingenieros y arquitectos mexicanos y se podrán hacer mejores ciudades y mejor arquitectura, en el sentido amplio del término, pensando sobre todo en el bienestar y seguridad de los usuarios.

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