Aeropuerto, polémica y planeación urbana

Gustavo López Padilla

 A diferencia de las espléndidas experiencias previas de los Mexicas, quienes se plantearon con decisión, hacer convivir su desarrollo urbano en armonía con la naturaleza y como parte de ella con el agua, en lo que se llamaba México Tenochtitlan, desde los inicios de la Colonia en el siglo XVI, los españoles tuvieron serias dificultades para armonizar el asentamiento y crecimiento de la ciudad, particularmente con el agua preexistente en los cinco lagos prehispánicos, adoptando la postura equivocada de iniciar la eliminación de aquellos importantes cuerpos hidráulicos, que constituían el entorno natural en medio del cual se decidió edificar la ciudad de México, como la más importante de lo que fuera la Nueva España. A partir de aquellos años, de manera lenta pero constante, las áreas ocupadas por los cuerpos de agua  fueron disminuyendo, a medida que crecía la mancha urbana, con la intensión de evitar inundaciones. Con el paso del tiempo, de la mano de una visión y actitud depredatoria, que se transformó en un estigma nacional que nos cala hasta los huesos, nos convertimos en campeones indiscutibles del desarrollo urbano agresivo, extensivo, de baja densidad, desordenado, lastimando de múltiples maneras a la naturaleza: a sus cuerpos de agua, a sus bosques, a sus especies animales e incluyendo por supuesto el deterioro de la calidad del aire que respiramos en condiciones adversas hoy en día, poco mas de 20 millones de personas, que habitamos la Zona Metropolitana de la Ciudad de México.En los inicios de los años sesenta del siglo pasado, en la ciudad de México, como una alternativa inteligente, visionaria, de gran aliento, los ingenieros Nabor Carrillo y Gerardo Cruickshank, propusieron la restitución de una buena parte de la condición lacustre  del Valle de México, lo que se tradujo en la aparición del Lago que lleva por nombre precisamente Nabor Carrillo, que se imaginaba como una primera experiencia que debía extenderse a la mayor parte de los terrenos baldíos disponibles en Texcoco, en esa zona noroeste, en la colindancia de la Ciudad de México y el Estado de México. Los cuerpos de agua se alimentarían con aguas residuales tratadas, provenientes del drenaje de la misma ciudad de México, ayudando de manera importante a aliviar el problema de las inundaciones, además de significar una importante  reconciliación ambiental. El Lago Nabor Carrillo, aunque discreto en dimensiones, ha dado importantes frutos, al regular de alguna manera las tolvaneras que se volcaban sobre la capital de la República Mexicana, mejorando  en algo el clima y la calidad del aire en la zona metropolitana.El ambicioso plan de rescate ambiental de toda esa zona de grandes terrenos baldíos salitrosos, quedó detenido por años, hasta que fue puesto nuevamente sobre la mesa de las discusiones a finales del siglo XX, por Alberto Kalach, Teodoro Gonzáles de León,  Gabriel Quadri de la Torre y Alejandro Rosas Robles, quienes volvieron a proponer la restitución lacustre del Valle de México, además de incluir la construcción de un nuevo aeropuerto para la Ciudad de México, que se ubicaría justamente en el corazón de lo que sería el rescate lacustre, sumando a lo anterior algunas zonas de desarrollo urbano que incluían usos habitacionales, servicios y usos mixtos. Este último interesante e inteligente proyecto, en su momento causó mucha polémica, pero pronto fue desechado.Mas recientemente, de nueva cuenta, con la urgente necesidad de construir un nuevo aeropuerto para la capital de la República Mexicana, volvió a aparecer el tema y se propusieron dos alternativas de ubicación: Por un lado Tizayuca en el Estado de Hidalgo y nuevamente los terrenos baldíos del antiguo Lago de Texcoco. Fui de las personas que apoyaron que la construcción del aeropuerto se realizara en Tizayuca y no en Texcoco. Básicamente mis consideraciones de apoyo a Tizayuca, estuvieron fundamentadas, en el hecho de la enorme importancia de poder asumir con mayor libertad, una de nuestras últimas o quizá la última oportunidad de restituir la condición lacustre del Valle de México y no porque me pareciera mal construir el aeropuerto en Texcoco, como lo proponían Kalach, González de León, Alejandro Rosas y Quadri.  Temía que nuestros gobiernos, federales y estatales, estaban muy lejos de considerar el nuevo aeropuerto, con parte de un ambicioso plan integral de rescate ambiental verde y lacustre. Estaba seguro que preferirían el aeropuerto en Texcoco,  generando antes que nada un negocio especulativo con la tierra, en el cual posiblemente los propios funcionarios públicos estarían involucrados. Mis temores se han confirmado y desde hace tres años el aeropuerto se construye en Texcoco y la posibilidad del gran rescate ambiental, para beneficio de millones de personas que habitamos el Valle de México, a nuestros gobiernos, hasta ahora, no les ha interesado. Independientemente de reconocer la importancia de construir un nuevo aeropuerto para la ciudad de México, hasta donde conozco, no existe actualmente un plan ampliamente documentado, conocido y aprobado, para saber que se hará con los terrenos colindantes al nuevo aeropuerto. Nuevamente me temo, que con una planeación limitada y deficiente, se podría ocupar y desarrollar la mayor parte del área disponible y los planes ambientales quedarían reducidos a su mínima expresión y las afectaciones ambientales negativas para el conjunto del Valle de México  pueden ser considerables, independientemente del beneficio de contar con un nuevo aeropuerto.A lo anterior se suma el hecho de que cuando empiece a operar el nuevo aeropuerto, los terrenos en donde funciona actualmente el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, quedarán disponibles y hasta la fecha no sabemos tampoco de un plan de desarrollo de esa importante disponibilidad de territorio. Pero todavía más, con la aparición del nuevo aeropuerto, es evidente que la zona nororiente de la ciudad de México y su correspondiente colindancia urbana con el Estado de México, se verán impactados y nuevas fuerzas de desarrollo se harán presentes. Con el inicio del nuevo gobierno que encabeza el Lic. Andrés Manuel López Obrador y con él Claudia Sheinbaum, se ha vuelto a poner sobre la mesa de las discusiones la viabilidad y conveniencia de la construcción del nuevo aeropuerto en los terrenos donde se edifica, que ya para estas fechas tiene importantes avances constructivos y significativas inversiones realizadas.Me parece que para la ciudad de México, se presenta una brillante y trascendente oportunidad histórica, que bien pensada y realizada significaría un gran impulso al desarrollo urbano metropolitano, oportunidades de abrir significativos mercados económicos y la posibilidad inigualable de una gran reconciliación ambiental. Se requiere antes que nada de voluntad política y visión inteligente de las ricas posibilidades de desarrollo urbano. Lo anterior debiera hacerse de manera integral e incluyente, incorporando al conjunto de la sociedad, a los gobiernos responsables y a los mejores especialistas sobre el tema, que en nuestro país existen, con capacidades profesionales ampliamente probadas. Creo que dado el avance de la construcción del nuevo aeropuerto, ahora este debía continuarse, pero de la mano de la instrumentación de un amplio, visionario y ambicioso plan de desarrollo urbano, que incluya las instalaciones del aeropuerto con sus terrenos colindantes, la disponibilidad de los terrenos del viejo aeropuerto e incluyendo además la amplísima zona norponiente de la ciudad de México y sus correspondientes vecinos en el Estado de México, estas últimas, zonas urbanas entendidas como importantes reservas territoriales, ya que no están debidamente aprovechadas, en función de su baja densidad construida y su gran potencialidad,  tomando en cuenta el envión que significa el nuevo aeropuerto.Un plan urbano ambiental que se debería convertir en modelo de desarrollo para nuestra ciudad, para nuestro país y porque no, en un modelo histórico de desarrollo urbano de prestigio mundial, que se vuelva orgullo para todos  los mexicanos, referencia de lo que somos capaces de hacer, tomando en cuenta el aeropuerto que se construye, e incluyendo nuevas zonas habitacionales y de usos mixtos, incorporando por supuesto actividades económicas diversas, estudiando la combinación de densidades razonables y adecuadas, sin perder de vista la necesidad de contar con amplios y adecuados espacios públicos, abiertos, democráticos, que no son centros comerciales. Se deberían privilegiar en el plan, las densidades medias, el transporte público, el uso de la bicicleta y la peatonalización de zonas significativas. Lo anterior tomando en cuenta la conservación del Lago Nabor Carrillo y la inclusión de importantes nuevos cuerpos de agua y zonas arboladas, con la visión de reconciliación con  la naturaleza, acompañando el desarrollo urbano. Sabemos que un proyecto tan ambicioso como este requiere de dilatados tiempos para su ejecución, una razonable y cuantiosa inversión, pública y privada, que debe haber retornos financieros atractivos, pero debiera prevalecer por sobre todas las cosas la voluntad de lograr el bien común, el bien de todos y superar el estigma de que aquí en México, con la obra pública, se hacen negocios particulares para beneficio de unos cuantos, sin importar el presente y futuro de las mayorías y el juicio de la historia. ¡Exigimos que se hagan bien las cosas! ¡Con inteligencia, sentido común, transparencia y rendición de cuentas! ¡Ahora, en estos tiempos que corren, queremos creer en nuestros nuevos representantes!

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